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lunes, 23 de marzo de 2015

EL BODEGUERO ANDALUZ. ¿DE NUEVO, ESTÉTICA CONTRA NATURA?

En mi opinión, la conservación de las variedades autóctonas y tradicionales de animales domésticos (sobre todo de ganado de todo tipo) y de cultivos, es esencial en muchos sentidos. Sin embargo, son muchos los ángulos en este tema y merece la pena ser bastante cuidadoso a la hora de plantear la conservación de una determinada raza o variedad doméstica. En el caso de los perros, entran en juego cuestiones peliagudas, que comienzan con esta pregunta: ¿qué es una raza canina? ¿Es una estirpe pura, inmaculada, sin mezcla de sangres? ¿O es un "tipo racial", más o menos homogéneo? Esto es importante, ya que el enfoque endogámico, que considera una raza canina como un linaje puro, ha provocado un terrible número de enfermedades hereditarias en los perros con pedigree.

Para ser justos, este enfoque, bajo mi punto de vista pernicioso, ha venido a ser agravado por la mercantilización de los propios perros. En este sentido, al convertirse el perro en un objeto al servicio de un mercado basado en la estética, el aspecto físico ha pasado a primar sobre cualquier otro valor a la hora de dirigir la cría. En la práctica, los criadores que han ido monopolizando la difusión de muchas razas, viven de su venta que, a su vez, depende de unos buenos resultados en exposiciones caninas. Un aspecto espectacular, con cosméticos incluidos, se convierte en un negocio que puede ser millonario. No solo por el precio del ejemplar que gana un concurso, sino por el de su descendencia.

Sólo así se explica la suerte que han corrido razas tan antiguas como el bulldog. A día de hoy, estos perros no sólo son incapaces de copular sin ayuda, sino que deben nacer por cesárea, ya que la selección de caderas estrechas y cabezas enormes y anchas, hacen que el parto natural sea imposible o muy peligroso. Pero, ¿cómo llegaron los antiguos bulldogs, que se usaban para sujetar toros, a ser lo que son? Muy fácil: dirigiendo su cría de acuerdo a determinados cánones de moda, que nada tenían que ver con el bienestar de los animales, con su función o con su propia salud. Y, en el comienzo de todo, está el establecimiento del estándar de la raza.

El estándar de una raza es, básicamente, una relación de las características que debe tener un animal perteneciente a la misma. Por regla general, las razas o tipos caninos, han existido mucho antes de que se redactaran sus estándares. Algunas de ellas, durante miles de años, sin cambios sustanciales en su morfología. Desde los puntos de vista antropológico, etnológico y biológico, el desarrollo de diferentes tipos caninos en diferentes entornos económicos y culturales, es muy interesante. Y, además, cuando ponemos en relación una determinada raza canina con la sociedad en la que ha evolucionado, nos encontramos con que forma parte del patrimonio cultural de este mismo colectivo humano.

Con respecto a las razas caninas españolas, este patrimonio se ha despreciado y abandonado sistemáticamente desde hace generaciones, precisamente debido cambios de índole cultural y económica. Muchas de nuestras razas autóctonas han llegado a nuestros días en serio peligro de extinción y otras han desaparecido para siempre (como el pachón de Vitoria o el presa español). Para intentar salvar lo que queda, diversos colectivos se han lanzando a proteger y promocionar diferentes variedades caninas amenazadas. Sin embargo, la primera paradoja de esta salvación puede llegar precisamente con la redacción del estándar.
Volvemos, por tanto, al dichoso texto. Al parecer, en el mundo moderno, la redacción de un estándar racial es necesario para recuperar una variedad doméstica en peligro. Teóricamente, debería ser un documento más o menos científico, que estableciera cuáles son sus características básicas. En la práctica, por desgracia, puede no suceder así. Voy a poner como ejemplo un perro que últimamente me está llamando mucho la atención: el ratonero bodeguero andaluz.



Se trata de una de las pocas razas de perro de tipo terrier nativas de nuestra geografía. Su origen, sin embargo, no sólo es reciente y puede rastrearse hasta perros procedentes de Inglaterra, sino que además es mestizo. Por simplificar un poco su historia, parece ser que desciende de perros llegados a la zona de Cádiz desde mediados del siglo XVIII y durante el siglo XIX. Desembarcaron de naves inglesas, que comerciaban con los vinos locales. Los navegantes británicos llevaban perros de tipo terrier en sus barcos, con la función de controlar las ratas que tendían a proliferar en las bodegas. Predominaban los fox terrier de pelo corto o, mejor dicho, su versión primitiva, mucho más funcional que la actual. Su eficacia en la caza de roedores, hizo que su uso fuera extendiéndose también en las áreas portuarias gaditanas y, muy pronto, a toda la región del Marco de Jerez.

Entre tanto, no sólo se daba un cruce indiscriminado entre distintos tipos de terrier extranjeros, sino que estos también se cruzaban con pequeños perros locales, que ya se usaban previamente como desratizadores (de tipo podenco pequeño). Con el tiempo, estos terrier de las bodegas y granjas se expandieron a lo largo de grandes áreas de Andalucía occidental, donde eran conocidos por muchos nombres. Uno de ellos, el de "bodegueros". Animales empleados para cazar y controlar plagas, apreciados por su agresividad y rapidez frente a otros animales, así como, ocasionalmente, para vivir dentro de las casas.

Nadie los presentaba a concursos ni exposiciones, por supuesto. En cambio, el propio fox terrier sí que se vio sometido muy pronto a los caprichos de la moda. Redactado su estándar, esta antigua raza pasó a convertirse en objeto de "mejoras" a través de, entre otras cosas, promover una endogamia deliberada. Así, dejaron de permitirse los cruces entre fox terrier de pelo corto y los de pelo duro, por ejemplo. El resultado de estas "mejoras" es un tipo de perro muy diferente (y también mucho menos funcional) del primitivo.

Resulta interesante echar un vistazo rápido a la historia de la "raza madre" de nuestro bodeguero. Originalmente, durante muchísimo tiempo, los fox terrier fueron perros utilizados en la caza de pequeños predadores, particularmente zorros y tejones (de donde viene su nombre), así como para matar ratas en graneros y cuadras. A nadie le importaban las proporciones de su cráneo, o si las orejas eran más largas o más cortas. Los fox terrier existían en una variedad de tamaños y pesos, con ejemplares de pelo liso y corto y otros de pelaje más duro e hirsuto. Los había de patas más bien cortas y otros más estilizados. Lo importante era que fueran buenos perros de caza y de granja. Por supuesto, era esencial que fueran animales sanos.

Las primeras exposiciones caninas se celebraron en Inglaterra a mediados del siglo XIX, cosechando un gran éxito en la alta sociedad victoriana. Los primeros fox terrier no aparecieron en este tipo de actos hasta el año 1862. Los primeros ganadores de los concursos eran ejemplares sin pedigree, originarios de las granjas y de realas para la caza de zorros y tejones. Sin embargo, ese fue el comienzo de un drástico cambio en la raza, que pasó a seleccionarse casi estrictamente por su aspecto.

Todavía en 1879, esta hembra era considerada un ejemplar excelente de fox terrier:


Fuente: http://puigdagulles.com/historia/

A parte de que, por su tipo y características generales, recuerda enormemente a nuestro bodeguero actual, llama la atención su aspecto ágil, de patas fuertes y cuerpo flexible. Se trata de la nieta de un conocidísimo fox terrier de los años 50, llamado Belgrave Joe, que en su tiempo tuvo un enorme prestigio por considerarse un representante ejemplar de su raza. Tanto esta perra como su célebre abuelo, serían considerados en la actualidad vulgares chuchos, y no se les permitiría presentarse a ningún concurso. De hecho, pese a ser exponentes ancestrales del fox terrier, hoy en día no podrían inscribirse como miembros de esta raza.

La razón es que, a medida que la cría se orientaba a conseguir ganadores de concursos, el tipo original de estos perros desapareció para ser sustituido por otro muy diferente. Según iba aumentando su popularidad entre la clase alta, se comenzó a criar perros de líneas cada vez más "elegantes" y carácter más dócil. Pronto, las nuevas líneas de cría para exposición desplazaron y eliminaron los perros de trabajo que, durante tanto tiempo, habían desarrollado su labor en el campo. Se consideraba que el cráneo de los perros originales era basto, feo; así que se buscó alargarlo. Se comenzaron a seleccionar las patas rectas, que no existían en los fox terrier ancestrales, por ser perros ágiles, buenos en el salto y excavando. Estas patas rectas, no se buscaron por su funcionalidad sino, muy al contrario, por considerarse bonitas. Lo mismo pasó con el cuello, que se alargó, y el tronco, que se modificó para que fuese más corto y alto. El resultado, ya puede verse muy bien en este fox terrier de 1915 (wikipedia):


Los animales de concurso, muy distintos de sus antepasados, pasaron a considerarse "de alta calidad" (aunque no sé muy bien calidad para qué) y, por ende, los fox terrier auténticos. Y, en adelante, los animales de esta raza que, en las zonas rurales, aún conservaban un aspecto y aptitudes primigenios, pasaron a ser vistos como chuchos sin valor.
Este es un ejemplo resumido de cómo una supuesta valorización de una raza puede, en realidad, llegar a destruirla o, al menos, desvirtuarla. Desgraciadamente, es algo que ha sucedido muchas veces, con muchas razas. Perros de pastor, como el collie, que ya no saben dirigir las ovejas (eso sí, tienen un pelo precioso y unas orejas perfectas), o perros de trabajo reducidos a falderos hipertrofiados, como el samoyedo. Dejando a un lado las prácticas, muchas veces denunciadas, de sacrificar cachorros sanos por nacer, por ejemplo, con un color "inadecuado", esta forma de criar perros ha generado rechazo en varios sectores cinófilos. Existen, por ejemplo, cazadores que crían tipos de terrier intentando que no entren dentro del Kennel Club, sabedores de que eso significaría el fin para unos animales extraordinarios. Prefieren que sus perros no sean reconocidos oficialmente como raza, para no perderlos. Es el caso de algunas líneas del plummer terrier, en el Reino Unido.
Volviendo al nuestro ratonero bodeguero, cuenta actualmente con reconocimiento oficial. Y esto, por sí mismo, es una suerte dentro de las razas autóctonas, de las que varias están al borde de la extinción y sin ningún apoyo institucional (como el can de chira). De hecho, el bodeguero se ha vuelto una raza muy popular. Aunque es originaria de Andalucía occidental, se ha hecho muy común incluso en Madrid. Sin embargo, a mí personalmente me preocupa que esta popularización de la raza tenga en él el mismo efecto que en su antepasado (el fox terrier). Es cierto que el bodeguero aún se utiliza para cazar y, hasta cierto punto, en el control de ratas. Sin embargo, cada vez más se está convirtiendo en un perro de compañía y de concurso. Pese a que originalmente estos perros existían en una variedad de tamaños, pesos y proporciones, el estándar actual es sumamente restrictivo, y parece dirigido a lograr una homogeneidad que no era propia de los bodegueros originales.
Voy a poner un ejemplo que me llama poderosamente la atención: la forma de la orejas. El estándar, redactado en 1997, establece que las orejas deben ser dobladas hacia adelante o, si acaso, en rosa. Se consideran defectos eliminatorios las orejas totalmente erguidas o caídas. Dejando a un lado la importancia real de que las orejas estén más o menos levantadas, lo cierto es que, incluso a día de hoy, nacen bodegueros con las orejas levantadas, lo que demuestra que este carácter se encuentra dentro de su acervo genético:
Nada raro, si tenemos en cuenta que frecuentemente se cruzaban perros ratoneros con podencos (de orejas erguidas). Tal vez, lo ideal sería que el estándar se centrarse más en el carácter y aptitudes de estos animales, tal y como sucede con los perros feist norteamericanos: el estándar de estas variedades de perros estadounidenses, no especifica cómo deben ser el color o las orejas, sino características más generales relacionadas con la funcionalidad. En realidad, definen un tipo racial que recuerda al concepto primitivo de raza. Para los cazadores norteamericanos, los feist son muy útiles en el campo, como desratizadores y animales de compañía, que presentan un aspecto similar aunque no completamente homogéneo. No les importa si las orejas son más o menos caídas, eso no define lo que es un feist. Tampoco el color, ni las proporciones exactas del cráneo.
Incluso en las fotos antiguas puede verse que los bodegueros presentaban una diversidad de colores y formas mucho mayores a las que se permiten en la actualidad. Así que, ¿no deberíamos nosotros relajar también un poco los límites de las razas autóctonas? La obsesión por un aspecto espectacular y homogéneo ya ha tenido resultados nefastos en algunas de ellas, como es el caso del mastín español (al que dedicaré otra entrada). Si de verdad no queremos que este patrimonio muera de éxito (éxito en ventas), tal vez deberíamos buscar otro enfoque a la hora de criar estos perros o, incluso, a la hora de considerar cuáles son realmente sus características raciales.
Artículo muy interesante, donde desde su punto de vista el autor dá su visión de la situación actual del R.B.A.
Fuente: http://viviendoisephanim.blogspot.com.es

3 comentarios:

  1. VERDADES COMO PUÑOS; ES LO QUE HAY......

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  2. Me gusta mucho,muy buen articulo,opinó lo mismo e intento q mís perros sean funcionales no bonitos,intento q trbajen ,q disfruten haciendo lo q más saben y intento q sean perros no bolas de pelos que se pegan a mis pies ganduleando enhorabuena por el trabajo q haces cn los rba

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  3. Gracias Paco, creo que opinamos igual sobre la funcionalidad de nuestros perros, aunque para mí lo ideal sería que nuestros perros disfrutaran y a la vez que cumpliesen con las caracteristicas morfológicas de la raza.

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